Toda creación, se creó, a partir de una unidad, diminuta, e impartible; una esencia. Y de ésta, crece, y evoluciona, y no al revés. Sin aire, no podríamos existir, sin atmósfera, no habría aire, sin agua, no habría atmósfera ni vida, y sin un ecosistema, que no es más que un sistema o ciclo que se recicla y autogestiona, funcionando por si mismo como organismo, nada podría existir. Pero si existe un sistema tan inmensamente complejo y sofisticado, es porque se ha hecho de menos a más, nunca de más a menos. De dentro hacia fuera. La casa, por muy alta o complicada que sea, nunca se empieza por el tejado, si no ladrillo a ladrillo desde una base.
Existe un efecto reflejo entonces ya que la base, afecta a la estructura total de todo organismo. Como las olas producidas por una piedra al caer al agua; parten de un epicentro, el punto en el que cae la piedra, y producen ondas, que llegan hasta la misma orilla desde la que lanzaste la piedra en forma de olas. Tu no controlas el agua, ni las ondas, tu poder reside en la mano con la que lanzas. Y, dependiendo de las piedras que arrojes a la vida, así de clamada o turbia estarán tus aguas.
Si todo evoluciona desde el epicentro, de dentro hacia fuera, todo está interelacionado, como las telas de una araña, o como las hojas de un árbol a las ramas, y al tronco. De modo que cualquier cambio interno (epicentro del árbol, o de la telaraña) tiene su consecuente reflejo en la superficie (extremo de la telaraña, o copa del árbol). Pero nuestro ojo, que es tan temeroso, sólo ve las cosas de pasada, y percibe la superficie y las copas de los árboles.
Pero si, con valor, mirasen más allá, tus ojos harían introspección, y verían la relación de cada hoja con su rama, y cada rama con su tronco, y, por lo tanto, se llegaría así, al origen del problema o disfunción, y el corte sería mucho más profundo, teniendo repercusiones superficiales tremendamente claras.
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