sábado, 4 de mayo de 2013

Papa, Mama, ¡¡YA ESTOY EN CASA!!

Llegó un día en el que me tumbé en una isla creada de certezas, tan sólida en sí misma, que se mantenía y me mantenía a mí a flote durante toda la eternidad. Ahora que estaba ahí, sólo me quedaba disfrutar del logro de tantos y tantos años de búsqueda humana... Tumbarme a la bartola y no hacer absolutamente nadaaaaa... 

Iba a la deriva, sabía que la tierra era redonda y que nunca dejaría de flotar de un lado a otro. Sabía que había vida más allá de mi muerte, y cuando flotase en aquella inmensidad que se asomaba a la tierra, seguiría sin hacerme falta mover un dedo, pues todo seguiría exactamente igual. Una eternidad entera, indefinida, simplemente estando...

Y de repente, el sólo hecho de pensarlo fue tan desolador, que tuve que sollozar y sollozar para bañarme en un mar de sentimientos que tomaran distancia con el completo absurdo de mi vida.
Pero no podía, de alguna forma había encarado la forma concreta de mi verdadera cara, y era la cosa más horrible que podía existir. Realmente, tenía ganas ya no de morir, si no de borrar por completo mi consciencia o lo que quiera que fuese eso que estaba en mi cuerpo. De hecho, pensar que después de esta vida hubiese más de lo mismo... Me... Eso... Imagínatelo!!

A sí que me tiré al agua. No tenía ni puta idea de que pasaría, de si habrían ahora barcos al rededor o islas o lo que sea... La corriente iba poco a poco alejándome de aquella isla, las aguas me columpiaban mientras yo me mantenía a flote, viendo como aquel montón de mierda insufrible se iba transformando en una línea cada vez más pequeña. Ahora estaba entregado a aquel inmenso océano... No era mi territorio, ni mi casa ni mi hogar ni nada. Me vi completamente perdido, temiendo por si en cualquier momento alguna criatura marina me mordería los pies. El simple hecho de imaginarme algún tiburón, o de pensar en todas las criaturas que estaban hiendo de un lado para otro por debajo mío me estaba poniendo histérico! De modo que me puse boca arriba, y por primera vez, tuvo algo de sentido hacerse el muerto. El columpiar de las olas era incesante, no había referencia alguna y no tenía idea de saber de si iba o venía. Estaba realmente abandonado a merced de la corriente, viendo como el sol se ocultaba haciendo su misma puta rutina de siempre, sin tener en cuanta que yo ya no estaba en la mía, y que por la noche los tiburones cazaban y que yo me podía morir de frío! 

Se lo dije, a pesar de saber, porque aún lo sabía todo, que no serviría de nada, pero aún así lo hice... Mira, se lo pedí por favor primero, me lo tomé a broma, luego le rogué, y finalmente ya desesperado comencé a gritarle. Chapoteaba el agua, la golpeaba y me arranqué un par de mechones de pelo. En aquel momento, tonto de mí, pensé que si me veía lastimarme a mí mismo dejaría de hacerlo, que me mantendría caliente e iluminado... Pero no pasó a sí, siguió bajando, poco a poco sin alterar en lo más mínimo si trayectoria o velocidad, no volvió a mí la isla, a pesar de que sólo la usaría por una noche, no vino a mí, y tampoco amainó el frío... Calló la noche, y con ella vino también una tormenta. Soplaron fuertes vientos, y cantaban truenos al unísino de las olas. Yo también me decidí a cantar, total, nada de lo que hiciese iba a cambiar nada...

Pero yo, que era un ser especial de luz, me mantenía reticente a abandonar mi grandiosidad, y pensaba que quizás, ahora que ya no actuaba para cambiar los acontecimientos, ahora que ya estaba viviendo fuera de aquella isla de certezas, cambiarían las cosas. Pensaba que era el ojito derecho del mundo, y que en el momento en que le respetase y aprendiese la lección, éste se pondría a mis pies. Y entonces, según escuché la estupidez de mi pensamiento, caí en la cuenta de que estaba nuevamente construlléndome una nueva isla de la misma asesina sustancia que la anterior. Si, era completamente gilipollas. 

Y por fin me paré un momento, detuve mis manos, paré a mirar un amor conectado en el chat de la barra izquierda de mi facebook, y detuve mi mundo. Ahora hablaban mis orejas, y mis ojos comenzaron a maravillarse... Jamás había escuchado el verdadero sonido del mar, ni el ritmo y el compás que hacen las olas con el viento, ni había sentido lo increíble que era estar metido en un minúsculo cuerpecito que funcionaba por cuenta propia. 

Me quedé estupefacto ante aquella inmensidad, jamás, jamás, nunca, había estado sólo!! Entonces caí en la cuenta de que compartía destino con todas las criaturas que andaban bajo mis pies. Sentía la corriente arrastrarme, recorrerme y jugar con la silueta de mi cuerpazo. Ondulaba mi pelo y lo acariciaba continuamente, iba y venía sin parar, y por primera vez, no quise que nada cambiase, no me importaba que no fuese a acabar la noche, ni que soplase más viento ni nada de nada. Y no hablo de un estado de indifrencia y pasotismo, si no más bien de un disfrute sin condiciones, sin reservas, una entrega a lo que había ante mí, que no tenía límites. 

Sólo me quedaba nadar, nadar bailando, compartiendo, pues es lo único que realmente puede uno hacer en esta vida, todo lo que el momento traía consigo. 
Y entonces vi, reflejado en cada ola, que de nada sirve la estupidez de pensar que uno conoce al mar por mirarlo desde un sitio alto, o por imaginarlo, por leerlo en un libro o por escribirlo en el ordenador... Vi claramente por primera vez en mi vida, que la había pasado entera buscando una maldita isla en la que tumbarme y dejar de vivir. Había estado separado de la mismísima vida que me había mantenido a flote, y yo me creía más listo que ella por estar en aquel lugar privilegiado, lejos de trabajar y moverme para que funcionase... Era un jefe de empresa, subnormal, de esos que de vez en cuando se pasean por el negocio para asegurar su subsistencia, pero que jamás se plantean bajarse donde la plebe, a sacar con sus propias manos el maicito y las fresitas que tanto le gusta degustar. Me creía un rey por estar en la cima de todo aquel montón de mierda podrida, pensando que la acumulación de certezas llenaría mi vida.

Y allí estaba yo ahora, más perdido que nunca, en la mayor mierda de lugar con el que podría haber soñado en mis estados agilipollardados de conciencia, disfrutando de la noche, de la espuma, del frío, de las olas, del viento y de los seres que compartían aquella experiencia.

Nadé al día siguiente, no se a donde, bailaba con la corriente... No había realmente lugar al que quisiera ir, no quería descansar... Ya estaba en casa.