En la soledad del espíritu, para quien jamás
hubo morada, caminamos de un lado al otro, escuchando, creyendo, entregando
nuestra luz y nuestra fe a aquéllos que, atrapados en sus propias mentiras
parecen haber encontrado un resorte, en un mundo que es del todo
incomprensible.
Pero en la soledad de la noche, en la
inevitable pérdida, toda fe flaquea y tiembla, y toda estabilidad tarde o
temprano desquebraja su apariencia, dejando ver el vacío que realmente hay en
su interior.
Lástima de mí, que busqué la trascendencia en
quien me trajo al mundo, entregando el poder del conocimiento al tiempo y a la
experiencia. Lástima de mí, que busqué firmeza en relaciones amorosas, en
grupos y en creencias milenarias… Pobre de mí, que desquebrajé mi corazón una y
otra vez... Huérfano peregrino del universo, olvidé entre rencores que sólo
somos hombres, nada más...
Miré por mis ojos propios a los tuyos, con
honestidad y valor, y vi, que no existe veteranía ni nombre que sea capaz de abrazar
al espíritu humano. Que todos compartimos la misma soledad, que todo hombre
está tan perdido, tan sólo y temeroso como yo lo estoy ante su propio tiempo,
que se acaba y que se pierde en un horizonte, que vierte sus aguas en lo desconocido.
Mirar por nuestros propios ojos y ver, que la soledad nos abraza bajo un mismo
manto, oscuro, estrellado. Y mirar al cielo y ver, que sólo somos hombres, nada
más…
El tiempo... El tiempo y sus corrientes y
mareas, fue quien me llevó arrastrado a las arenas de la desesperación, al
aferro de los vicios, al sufrimiento, a la vergüenza, a la soledad, al miedo, a
los remordimientos y al ahogado llanto, que se haya en la evasión de lo
inevitable. Es el tiempo que se acaba… Es la muerte que anda al acecho, soy yo,
que vivo presa y en rutinas, con la cabeza gacha hasta que muera, afanado en la
lucha por estar dentro y no a su alcance…
Éstos son los frutos de los atajos y de las
mentiras. No hay otro, no hay otro compañero para quien se esconde en la
oscuridad para no ser descubierto. Mírame con honestidad a los ojos, y verás
que no miento.
Es el mundo de los hombres, incapaz de
satisfacer a la totalidad del ser, y de llenar todos los ecos de la
conciencia... Porque nunca pudo llamarse día a la luz, si la oscuridad no la
espera al final del camino; porque no puede llamarse vida al movimiento si no
existe la pausa, no puede hallarse sentido a la existencia propia manteniendo
en el olvido a la muerte.
El mundo de los hombres, es el lugar que he
estado caminando, un lugar construido bajo la premisa de evadir lo inevitable
lo más que se pueda. Un mundo tan preocupado por su propia existencia, que
camina con la cabeza gacha, sin ver que cuatro pasos más adelante se le acaba
el camino. Un mundo hecho por gentes que almacenaron en su tiempo infinitas
materias, diseñadas para atrapar la atención de los demás, y así engañar al
espíritu de su soledad y peregrinación.
Un mundo que tiene presa nuestra alma,
mediante acrobacias estúpidas, elaboradas comidas y avances tecnológicos cuya
sola mención, es tan golosa que los arreglos de nuestras rutinas y nuestros
contradictorios actos, quedan aplazados a un futuro, que parece diluírse como
un espejismo cada vez que acerco los dedos para por fin agarrarlo. Amarrado
estoy a él, porque no veo con claridad la línea que separa el amor del miedo. Y
porque no acepto la libertad que cada una de las personas que amo tiene de
hacer su propio camino, y porque aún no reconozco el poder que verdaderamente
tengo yo y cada hombre tiene, de cambiar el mundo.
Caminar, construir para llegar a la evasión de
lo inevitable... Nada puede, bajo ésta condición ser completo y libre. Por
mucho que lo aparente, por muy confiando que se sienta, por mucho que acapare
tanto como para tener tantos caprichos precise su conciencia para dormir, o por
muy elocuentes que sean sus palabras, y tan extenso sea su conocimiento que
parezca capaz de estar mirando el universo sin jamás haberlo visto; nadie,
nadie puede ser completo en el camino de los hombres: aquel que no es
consciente de su propio final.
A todos nos toca la muerte tarde o temprano,
de la forma más aterradoramente personal. Nos habla de tú a tú y tras sentir su
gélido y familiar aliento, tomamos uno u otro camino. Los hay que se cagan de
miedo, y se implican en la estúpida empresa de evitar su encuentro por siempre,
y pasan así el resto de su existencia temerosos, acumulando tantas cosas como
sea posible, para llenar todos los huecos de un muro, que no es si no las
paredes de su propia tumba. Quien vive bajo las premisas del miedo y de la
muerte, plaga su camino de miedo y de muerte. Porque acumula más de lo que
necesita, y no hay espacio en el universo para una existencia perdida de
sentido, para la existencia desvinculada.
Pero hay sin embargo, otro camino.
El camino de quien se enamora de la libertad.
La libertad de percibir con la totalidad de uno mismo todas las maravillas
posibles de éste mundo. El camino que implica la completa entrega de la
existencia de uno, el camino que se recorre teniendo a la muerte como única
compañera y consejera de la verdad de los propios actos. Es un camino lleno de
fuerza, que no busca descanso porque no hay destino en su caminar. Un camino
por lo tanto, que no excluye lo que ve cuando la noche recae al cuerpo.
Quien hace éste camino ríe y ríe, porque es
consciente de la grandeza del universo y de la insignificancia del yo, y de
todos los yos que le dan sentido de importancia con su "amor", que no
es otra cosa en verdad, que una aparente ilusión de sentido de existencia, que
se amarra hasta asfixiar a quien quiere, pues su abrazo es tan fuerte, como el
temor a su propia muerte. Quien mira desde éstos ojos ve más allá de cualquier
frontera, y las fronteras de la carne, son una mera y transitoria forma.
Para quien mira desde éstos ojos, no existe culpa
ni existe vergüenza, ni actos importantes, pues sabe que el grito más profundo
y más desgarrador no es capaz de alterar en lo más mínimo el curso de los
mares, ni el rotar de los planetas al rededor del sol, y ante lo inevitable se
deja de actos estúpidos, que no más embarran la existencia de uno; y entonces, sí,
elije reír. Y no, no es la insignificancia de uno mismo una excusa para perder
el norte y echarse a llorar, sino una mano que nos tiende el cosmos, para
invitarnos a bailar por siempre, en éste cuadro pintado entre la vida y la
muerte.