martes, 28 de julio de 2015

LALARÍ LALÁ.



En la soledad del espíritu, para quien jamás hubo morada, caminamos de un lado al otro, escuchando, creyendo, entregando nuestra luz y nuestra fe a aquéllos que, atrapados en sus propias mentiras parecen haber encontrado un resorte, en un mundo que es del todo incomprensible.

Pero en la soledad de la noche, en la inevitable pérdida, toda fe flaquea y tiembla, y toda estabilidad tarde o temprano desquebraja su apariencia, dejando ver el vacío que realmente hay en su interior.

Lástima de mí, que busqué la trascendencia en quien me trajo al mundo, entregando el poder del conocimiento al tiempo y a la experiencia. Lástima de mí, que busqué firmeza en relaciones amorosas, en grupos y en creencias milenarias… Pobre de mí, que desquebrajé mi corazón una y otra vez... Huérfano peregrino del universo, olvidé entre rencores que sólo somos hombres, nada más...

Miré por mis ojos propios a los tuyos, con honestidad y valor, y vi, que no existe veteranía ni nombre que sea capaz de abrazar al espíritu humano. Que todos compartimos la misma soledad, que todo hombre está tan perdido, tan sólo y temeroso como yo lo estoy ante su propio tiempo, que se acaba y que se pierde en un horizonte, que vierte sus aguas en lo desconocido. Mirar por nuestros propios ojos y ver, que la soledad nos abraza bajo un mismo manto, oscuro, estrellado. Y mirar al cielo y ver, que sólo somos hombres, nada más…

El tiempo... El tiempo y sus corrientes y mareas, fue quien me llevó arrastrado a las arenas de la desesperación, al aferro de los vicios, al sufrimiento, a la vergüenza, a la soledad, al miedo, a los remordimientos y al ahogado llanto, que se haya en la evasión de lo inevitable. Es el tiempo que se acaba… Es la muerte que anda al acecho, soy yo, que vivo presa y en rutinas, con la cabeza gacha hasta que muera, afanado en la lucha por estar dentro y no a su alcance…

Éstos son los frutos de los atajos y de las mentiras. No hay otro, no hay otro compañero para quien se esconde en la oscuridad para no ser descubierto. Mírame con honestidad a los ojos, y verás que no miento.

Es el mundo de los hombres, incapaz de satisfacer a la totalidad del ser, y de llenar todos los ecos de la conciencia... Porque nunca pudo llamarse día a la luz, si la oscuridad no la espera al final del camino; porque no puede llamarse vida al movimiento si no existe la pausa, no puede hallarse sentido a la existencia propia manteniendo en el olvido a la muerte.

El mundo de los hombres, es el lugar que he estado caminando, un lugar construido bajo la premisa de evadir lo inevitable lo más que se pueda. Un mundo tan preocupado por su propia existencia, que camina con la cabeza gacha, sin ver que cuatro pasos más adelante se le acaba el camino. Un mundo hecho por gentes que almacenaron en su tiempo infinitas materias, diseñadas para atrapar la atención de los demás, y así engañar al espíritu de su soledad y peregrinación.

Un mundo que tiene presa nuestra alma, mediante acrobacias estúpidas, elaboradas comidas y avances tecnológicos cuya sola mención, es tan golosa que los arreglos de nuestras rutinas y nuestros contradictorios actos, quedan aplazados a un futuro, que parece diluírse como un espejismo cada vez que acerco los dedos para por fin agarrarlo. Amarrado estoy a él, porque no veo con claridad la línea que separa el amor del miedo. Y porque no acepto la libertad que cada una de las personas que amo tiene de hacer su propio camino, y porque aún no reconozco el poder que verdaderamente tengo yo y cada hombre tiene, de cambiar el mundo.

Caminar, construir para llegar a la evasión de lo inevitable... Nada puede, bajo ésta condición ser completo y libre. Por mucho que lo aparente, por muy confiando que se sienta, por mucho que acapare tanto como para tener tantos caprichos precise su conciencia para dormir, o por muy elocuentes que sean sus palabras, y tan extenso sea su conocimiento que parezca capaz de estar mirando el universo sin jamás haberlo visto; nadie, nadie puede ser completo en el camino de los hombres: aquel que no es consciente de su propio final.

A todos nos toca la muerte tarde o temprano, de la forma más aterradoramente personal. Nos habla de tú a tú y tras sentir su gélido y familiar aliento, tomamos uno u otro camino. Los hay que se cagan de miedo, y se implican en la estúpida empresa de evitar su encuentro por siempre, y pasan así el resto de su existencia temerosos, acumulando tantas cosas como sea posible, para llenar todos los huecos de un muro, que no es si no las paredes de su propia tumba. Quien vive bajo las premisas del miedo y de la muerte, plaga su camino de miedo y de muerte. Porque acumula más de lo que necesita, y no hay espacio en el universo para una existencia perdida de sentido, para la existencia desvinculada.

Pero hay sin embargo, otro camino.
El camino de quien se enamora de la libertad. La libertad de percibir con la totalidad de uno mismo todas las maravillas posibles de éste mundo. El camino que implica la completa entrega de la existencia de uno, el camino que se recorre teniendo a la muerte como única compañera y consejera de la verdad de los propios actos. Es un camino lleno de fuerza, que no busca descanso porque no hay destino en su caminar. Un camino por lo tanto, que no excluye lo que ve cuando la noche recae al cuerpo.
Quien hace éste camino ríe y ríe, porque es consciente de la grandeza del universo y de la insignificancia del yo, y de todos los yos que le dan sentido de importancia con su "amor", que no es otra cosa en verdad, que una aparente ilusión de sentido de existencia, que se amarra hasta asfixiar a quien quiere, pues su abrazo es tan fuerte, como el temor a su propia muerte. Quien mira desde éstos ojos ve más allá de cualquier frontera, y las fronteras de la carne, son una mera y transitoria forma.

Para quien mira desde éstos ojos, no existe culpa ni existe vergüenza, ni actos importantes, pues sabe que el grito más profundo y más desgarrador no es capaz de alterar en lo más mínimo el curso de los mares, ni el rotar de los planetas al rededor del sol, y ante lo inevitable se deja de actos estúpidos, que no más embarran la existencia de uno; y entonces, sí, elije reír. Y no, no es la insignificancia de uno mismo una excusa para perder el norte y echarse a llorar, sino una mano que nos tiende el cosmos, para invitarnos a bailar por siempre, en éste cuadro pintado entre la vida y la muerte.