No corresponder su intención con la mía, ni la mía propia, para así hallarme
en libertad. Y que sea ésta la que marque el rumbo y los paraderos, que ninguna
bienvenida vale de nada, cuando cada hola de mar es bien bien hallada.
Hallarse náufrago, no en ningún paradero, no en movimiento
hacia, si no en el movimiento que sacia, de espuma las orillas, que baña a los
peces de sal.
Hallarse náufrago, perdido de directriz, abrazado siempre
por el manto eterno que es el viento, que son las mareas, que es mar…
Y dejar por la borda caer, y que dejen los mapas marchar la
tinta, que nos adormecía en la interminable distancia, entre la esperanza y la
realidad. Y diluirse así hasta la última voluntad para encontrar, que el viento
no es favorable ni contrario, que el viento es también pasajero en verdad.
Y saborear en un sorbo de dónde vino, y llevarse mi sabor
ahí a donde va. Porque sólo sin destino puede entenderse a la mar, sólo sin
destino puede encontrar final, éste interminable duelo entre el bien y entre el
mal.
Yo sé qué es llegar como marino mercante y volver. Sé lo que
es ganar, sé lo que es perder. Conozco de la lucha, de la tristeza y del placer.
Sé medir los vientos, sé encarar mi destino, lo que es palparlo y su placer y
sé, que no merece el viento sacrificio por recompensa alguna, porque no hay destino
que pueda dar espuma, que pueda dar sal, y no hay lugar en la tierra ni promesa
tal, capaz de albergar la belleza entera, que existe en una sola gota de mar.