Y yendo al cole, de temprana madrugada, corrompida la íntima magia que abrazaba mi sueño pensaba yo, un día seré lo bastante grande como para defender lo sagrado de mi existencia. Y me hice grande, y ya no diferencio lo personal de lo requerido, y llevo a la cama el tráfico, el humo y la responsabilidad de su supervivencia. Y la cama, antiguo santuario en honor a la señora libertad y al dios gozo, no es más que un mero cargador de batería.
El agujero de gusano, que atraviesa en la red de los tiempos de mi dia, y que me rueda y que llena por entero el mundo de sentido y de voz es ahora, paciente testigo de mi absurdo modo de vida...
Probé la manzana, el veneno que tanto temí corre por mis venas, soy moneda de cambio, que lucha por su valor en el mercado. Listo para poder mantener a una nueva generación, listo para que hereden el cáncer y la muerte. Yo soy hijo de la muerte, un producto traído para aplacar los dictámenes de la felicidad; y sin embargo, incapaz de hacerlo...
No soy, a mi edad, quien debiera. Aún no lo soy. Pero ¿quién? Me inspiran aires contaminados, de perpetua ansiedad e interminables futuros que exigen el sacrificio del camino. Aires de mentira, que por miedo prometen ser puros. Aires puros, que por temor al aislamiento marginé, y que dejé reducidos a garabatos en un cuaderno...
En nombre de la verdad ya nadie habla, y ahora lo entiendo, cuando el veneno está tan adentro, cuando es mi sangre, entonces duele... será entonces que necesito despojar el alma de la carne, será que sólo de sus aguas mana la vida... será, que la madurez es un fruto que el tiempo toca y que ha de pudrir, para que caiga de nuevo a la tierra la semilla, ésta vez desde el conocimiento. Será, que caer del árbol genealógico sea cosa de perdón, y no de recortar las malas hiervas de un fantasma moribundo. Que por mi esfuerzo aún lo muerto se yergue, que sin mí la gravedad me tumba, y que por ella, amada tierra, manto materno, es que brota la existencia.
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