jueves, 18 de abril de 2013

tigre


Soy un ser que camina a cuatro patas, recubierto entero de pelos, naranjas y negros. No recuerdo en que momento fue, pero si recuerdo que alguno por ahí perdido, aprendí que era un tigre. En el mismo lugar que yo, un pequeño espacio rodeado por altos muros de piedra lisa, conviven dos más. Uno es mi hermano, y el otro que estaba aquí mucho antes que nosotros. Mi padre.

Y aquí estamos, tumbados, mirando como cruzan los pájaros de lado a lado de los muros. De vez en cuando, perezosamente mi hermano me da con su pezuña en la cara, en un intento de mantener la alegría y la vivacidad del juego que antaño era un mundo entero. Nuestra relación ha cambiado mucho, ahora ya, que no hay aventuras, no hay verdadera razón para comunicarnos, y de vez en cuando, como un salvavidas, nos preguntamos el uno al otro cuánto falta para que llegue la hora del almuerzo... Ahora somos mayores, ya no tenemos miedo, ahora conocemos el mundo que nos rodea, tanto... Que nos aborrecemos de nosotros mismos. Pero no siempre fuimos así no.
Recuerdo una época en la que caminar era una aventura, hace muchos muchos veranos ya... Recuerdo que todo se veía más grande, y, contábamos los días pasar. No es que los contásemos de uno en uno, de hecho, no sabíamos contar, ni sabíamos que la sombra era producto del movimiento del sol, ni que las estrellas no eran más que astros que nada tienen que ver con nosotros, ni que las nubes fuesen agua evaporada que de vez en cuando cae, ni que el viento fuesen masas de aire frío y calientes, ni que los rallos fuesen parte del panorama... No, el mundo era un lugar misterioso, lleno de sorpresas y de universos recónditos bajo cualquier peñasco, y, curiosamente, sin saber contar ni sumar, cada día contaba, y cada cosa sumaba... 

Pero un buen día, el que estaba aquí antes que nosotros, dijo que ya teníamos el tamaño suficiente como para aprender, y nos enseñó todas estas cosas. El parecía un ser sin miedo, permanecía impasible ante todo cuanto pasaba, los rayos que a nosotros nos aterraban, resaltaban su imponente e inmutable silueta, que, junto con su gran tamaño, nos inspiraba la certeza de que su palabra era la ley. Nosotros queríamos ser fuertes como él, y así atrevernos a adentrarnos en lo más profundo de aquel misterioso mundo.

Él nos fue enseñando cómo debía comportarse un tigre a medida que su cuerpo se desarrollaba, y el ridículo que hacíamos al jugar de esa forma entre nosotros, y lo tonto que era ver a un tigre gruñiendo y saltando de la sombra. Nos explicó con impaciencia por nuestra resistencia a esa realidad tan aburrida, lo que en verdad son las cosas. Parecía obsesionado por explicarlo todo, por volver cada cosa mental y lejana, se empeñaba en dejarnos sentados, y dejarle todo el protagonismo a él. Yo quería aprender a cazar, a adentrarme en los mundos sin miedo, pero todo lo que hacía era destruirlos con connotaciones ridículas y dejando de idiota cualquier duda o posible cuestionamiento de sus enseñanzas. A veces, para callar nuestra ansia, no tenía más que ponernos contra nosotros mismos y preguntar: ¿Lo has entendido? Entonces nos mirábamos mi hermano y yo, y, como en una carrera, decíamos para salvarnos: SI!!! Yo tigresalmente le temía de sobremanera, de modo que no me quedó otra más que callar, y, como mucho, esperar a ser lo suficientemente grande como para poder contradecirle.

Pero pasaban los años, mi hermano se veía cada vez más distante, y para mi era ya realmente vergonzoso hacer del suelo un castillo, una casa, una montaña enorme... Comencé a avergonzarme del desarrollo de mi cuerpo, pues cuanto más crecía, más debía desarraigarme del mundo. 

Mi padre y mi hermano, parecían entenderse de buena manera. Mi hermano se había vuelto ya casi uno de ellos. Hablaban de cómo bajaba la comida por la pared, de los sabores de la carne, y soñaban con pasarse el día atiborrándose de más y más y más y más comida. A mi me aburrían de sobre manera esos hablares, y me creía algo tonto e infantil, por no encontrar gusto a ese mundo. A medida que crecíamos, iba viniendo cada vez más a menudo el "domador". Él era un hombre lejano, que nada tenía que ver con nosotros, y siempre traía un látigo, y una cesta con la tan ansiada carne. Nos metía a mi y a otros compañeros en una sala distinta, con poca luz, y una salida de aire arriba en lo alto, donde podía verse el libre azul del cielo. 
Nos enseñaba cosas estúpidas tales como saltar por un círculo, y levantar la pata cuando el lo decía. Yo no sentía la necesidad de hacerlo, de modo que no lo hacía. Pero entonces él, creaba tal necesidad, y me azotaba. Mi hermano y los compañeros, por el contrario saltaban, y amenazaban con sus garras la vida del "domador", pero era estúpido, porque esa era la forma en la que éste conseguía hacer que levantasen la pezuña. 

Sin embargo, era conmigo y con aquellos que no respondían con quien más se ensañaba, y yo no lo entendía, nunca le amenacé de muerte! No tenía, para empezar el menor sentido para mí el haber entrado en ese lugar, y por otro lado, sólo quería que me dejasen en paz, porque yo levantaba la pata para mear, saltaba para cazar y gruñía para expresarme, no porque sí. Durante años, mi padre y mi hermano se impacientaban al tratar de meterme en la cabeza que es la forma en la que se vive, y que no existe nada más. Pero yo sabía que el día que levantase la zarpa sería para desgarrarle la cara al domador y devorarlo entero, pero, ¿quien era yo por aquel entonces para transformar la realidad a mi antojo? 

Así pasábamos los días, hiendo de casa al domador, y del domador a casa. Yo sentía cómo me iba quedando cada vez más atrás, pero es que no podía... No podía estar en aquel lugar oscuro, y centrarme en el hombre del látigo, levantar la pata y hacer como que le iba a matar... Sencillamente no me tragaba esa estúpida pantomima. El látigo era una mierda alargada que picaba un poco, pero que para nada atentaba contra mi vida. Y yo pasaba las horas absorto y anonadado; no podía quitar la mirada de aquella pequeña ventana, porque no podía perder el azul del cielo que me llenaba de impulso y de júbilo. No podía perderlo porque era lo único que me hacía seguir vivo...

Cuando volvíamos a casa, yo me tumbaba sólo a mirar el cielo, aspiraba halos de instinto, de animalidad, de salvajismo y bastedad. Veía allí entre las nubes mares inmensos, en los que podía yo correr y saltar todo lo fuerte y todo lo enorme que quisiera, en los que podía gemir, y ser tan fuerte como pudiese, porque era tan basto, y yo tan insignificante, que todo cuanto yo hiciese no perturbaba en forma alguna todo aquello. Corría y danzaba perdido en el inmenso vacío, y yo brillaba con todo mi ser sin el más mínimo resquicio de vergüenza ni retraimiento. Era todo lo que alcanzaba a ser...

Pero a medida que crecía, había menos tiempo para soñar... El barco que se mantenía a flote de la pesada "realidad", se hundía cada vez más en sus oscuros océanos con el peso del tiempo, y poco a poco, el oxígeno se escondía en las esquinas más altas, como huyendo de una muerte irremediable... Yo lo buscaba como loco, y sabía que allí arriba, más allá de estos muros condenados a hundirse, existía un espacio infinito lleno de aire...

Mi hermano y mi padre, hablaban de la de nutrientes que tenían los nuevos piensos, y de lo en forma que se mantenían a base de huir de los golpes del domador. En verdad les gustaba huir de el! Yo les veía disfrutarlo, habían aprendido tan bien la rutina, que ellos mismos buscaban el azote, pues era el impulso que necesitaban para moverse. Se veían a sí mismos musculosos, vigorosos, temibles y fuertes. Habían acatado esa era la forma de vivir, aquella mierda ahora formaba parte de sí mismos, y así se relacionaban con todo lo demás.
A veces, mientras yo buscaba mis recodos de soledad para no sentirme ridículo al seguir mi instinto, entraban en tropel; buscaban verme en mi mayor ridículo. En ocasiones me pillaban experimentando con mi rabo, otras en plena película de acción, y, cuanto más me metía en el papel, cuanto más alto llegaba en mi ficción, más gorda era la hostia contra el ridículo... Algunas veces, bastaba con sólo una mirada suya para darme cuenta del estúpido que hacía, y claro, teniendo a otros que corroboren la historia personal de uno, y el efecto que producían en mi, tenían tanto poder, que me permitían el lujo de ser benévolos conmigo. Me consideraban débil y amanerado, me veían como a un inútil y ellos, tan llenos de razón y de verdad, se tomaron la justicia por su mano, y procedieron con todo el derecho del mundo a domarme de la forma en que habían aprendido.

Andaban cegados en su rutina y su arrogancia, y tenían tantas certezas que desconocían el motivo por el cual me mantenía yo siempre sin llegar a pronunciarme. Y es que, me agarré con la punta de los dedos a la verdad, y aún me mantengo en vilo, entero, esperando en día en que me levante, y sacar mi cuerpo entero del vacío en el que tiraron nuestras almas hace ya mucho mucho tiempo.

Mi vida, comenzó a convertirse entonces, en el tiempo que pasa mientras yo esperaba indefinidamente el gran cambio. No sabía que cambio sería, pero de seguro que esto no sería para siempre.

Y un buen día, un día en el que desperté sin importarme la puta realidad, metieron una dulce y mona tigresilla en la jaula. Era joven, aproximadamente de nuestra edad. Se mostraba tímida y miedosa, yo la examiné de lejos, la vi pasear de un lado a otro, y esperé a que se calmase para acercarme a hablar con ella. Tenía una gran excitación de ver cómo era, quería tomarme días enteros para examinarla con todos mis sentidos y conocerla. Me despertaba el cuerpo de una forma que nunca antes había conocido. Sentía como si funcionase por si solo!! Nunca antes había estado tan feliz de ser un tigre... 
Pero dentro de mi, había un tremendo combate. En verdad tenía miedo de dar el primer paso, pues no sabía si estaba de lado de ellos o del mío. No sabía si ella también sería enemiga de mi mundo o no, y, desde luego, no estaba yo dispuesto a perderlo. En todo caso, querría enseñárselo, y así no estar solo, y que coño?! Ver que no estoy jodidamente loco!!

De modo que me acerqué, ella parecía tan temerosa, la olisqueé y temblaba. Me mostraba su cuerpo y su ano. Me enseñó que era hembra, era su carta de presentación. Yo me enamoré perdidamente de aquel olor. Siempre había sentido una incomprensible atracción por los labios de mis semejantes, y ahora estaba, sencillamente, extasiado. Realmente estaba poseído por su silueta... Comenzó a moverse a mi al rededor, consciente de mi reacción, y, sin más dilación, me soltó un lametazo... 
Caí al suelo, estaba mareado... 
Mi cabeza volaba literalmente, y no me lo podía creer!! Todo cuanto había soñado, durante tantos y tantos días de mirar el cielo, todo lo que había estado siempre deseando, por fin, por fin! estaba aquí! delante de mis ojos. Era mi vida entera... ¿Cómo no iba a entregarla? 

Me hizo estar fuera de todo aquello... 

Ella venía de muy lejos, no tenía hogar, venía de aquí allá. Había visitado ya otros lugares como este, con tigres como nosotros, y decía haber encontrado conmigo también su lugar. Yo le hablé de lo que era mi cielo, de lo que eran para mi las estrellas, le enseñé su reflejo en el agua, le enseñé toda mi intimidad... Le abrí lo más secreto y sagrado de mí mismo. Por un tiempo nos dejaron solos, lejos de los demás, lejos del domador, de los otros tigres y de aquel mundo. Ella estaba llena de experiencias, era un tigresa que sabía todo sobre el sexo, y yo, siempre había estado en el mismo lugar. De modo que me tomé un tiempo. 

Quería ver más allá de los muros. Quería ver la vida por mí mismo, y demostrar a los demás otra realidad, otro sentido. 
Quería ser lo que siempre supe que era, y ahora por fin, tenía el valor suficiente para trepar aquellos muros y arriesgar mi vida. 
La ilusión venció al miedo por primera vez, y mis músculos despertaron, para ir más allá de lo que mis ojos jamás habían visto. 
Ni ella ni nadie se había atrevido nunca a ir más allá. Ellos tenían la certeza de saber lo que había allí abajo, pues todo era seguro, sabían de seguro la hora a la que vendría la comida, por donde saldría y por donde se iría el sol, quienes vivían con ellos, lo que eran y lo que no eran capaces de hacer... Y suponer que había otras criaturas, o si quiera, que existiese algo más allá... Era tan temido que se volvió algo completamente estúpido si quiera de plantearse.
Pero yo quería saber de dónde venía la comida, porqué era así, porqué el mundo se había vuelto con el tiempo tan pequeño y tan triste... Quería reencontrarme con la vida.

Cogí unos bártulos, me despedí de buenas maneras y en paz, y marché. 
Tardé tres días en saltar la valla.
Me pesaban las piernas. La duda y el miedo a lo desconocido me jalaban a volver, y una pesada bruma de ridículo, se apoderaba de mis manos y de mi cuerpo, haciéndolo débil, amanerado y poco preciso en cada movimiento. 
Pero tiré la mochila. 
Me deshice de las provisiones...
Dejé atrás las antiguas certezas que mataban mi sed de aventuras, y sin peso alguno, pude fácilmente salir de aquel mundo tosco y pesado en el que siempre viví. Ya era libre...

Corrí, grité, salté todo lo que pude hasta divisar todo cuanto quisiera. Bailé al caminar, y mis ojos atraparon en un abrazo todo cuanto llegaban a ver. Perdí mi lengua, hablé con plantas, con las estrellas, con los árboles, y ellos, me dieron cobijo, y las mayores lecciones que aprendí jamás. Desde la distancia, vi a muchos como yo, caminando de jaula en jaula, siendo esclavos de unos y amos de otros al mismo tiempo. A me medida que me alejaba, la distancia comenzaba a dibujar con mayor claridad, una red invisible que los encerraba a todos en el mismo lugar. No quería volver, no quería hogar, no quería certezas... Allí a fuera no habían realmente guardias ni nada por estilo, si no que se mantenían a ralla unos a otros bajo el mismo patrón de conducta que tenían mi padre y mi hermano. Yo sin miedo, caminé y caminé, alejándome cada vez más de todo aquello, y poco a poco lo que conocía como "el mundo", iba desintegrándose cada vez más. 

Al vivir tan lejos de todo, tan apartado de las condiciones y de los comunes acuerdos que establecen una "realidad objetiva", las cosas comenzaban a ser lo que son, a hablar por sí mismas sin necesidad de etiquetarlas con un nombre. Los sueños eran parte de mi viaje, los pensamientos y emociones eran nubes que iban y venían, y yo, el caminante, desentendido de la voluntad de modificar nada, sólo me quedaba la mera y simple tarea, de actuar para mi disfrute. Y así fue, que la certidumbre comenzó a disiparse día tras día, hasta que llegó a la delgada linea que separa la razón, de la magia. La realidad dio un vuelco, el poder estaba en mis manos, y, de pronto... Me vi capacitado para volver y mostrarles esta gran verdad a mis semejantes.

Llegué lleno de ilusión y entusiasmo, y allí la vi. 
Ella estaba sola, parecía alegrarse por mi visita, pero sus ojos no me reflejaban a mí tanto como los míos a ella. Ella miraba para otro lado, entre otras cosas, resentida por haberles abandonado tanto tiempo. Me tomé aquel día de regreso con calma, pensaba que más tarde le explicaría todo aquello. 
Pero el golpe contra su realidad fue tan brusco que no dejó espacio a más. Yo quise hacerme maduro para ser un auténtico macho, me fui a realizar mi sueño, y así saber el camino de la liberación, y mostrárselo...

Pero me encontré con un ser amarrado a un mundo que la hacía sufrir. 
Y de pronto volvió el domador, y ella se fue con el. 
Cuando regresaba, yo le hablaba de todo aquello, y por momentos, transformaba la jaula en un lugar mágico donde el tiempo una vez más dejaba de existir. Y le dije de irnos de aquel sitio. Ella aceptó, debíamos recoger suficientes provisiones y partir. Yo no estaba por la labor, pues el viaje era algo mágico y si te llevas cosas de este mundo te aferras y no vuelas, pero ella no era lo suficientemente valiente, o... Quizás era demasiado realista... Mucho más que yo...

Finalmente nos quedamos, decidimos ir con el domador, y recoger la suficiente comida como para sobrevivir cierto tiempo... 
Como si allí a fuera no hubiera absolutamente nada... 
Como si todo lo existiese fuese lo que conocemos...

Intenté ser un tigre normal, me sentía revitalizado y lleno de fuerza, pero el domador ya me parecía la cosa más estúpida y tonta que había. El problema residía básicamente, en que allí abajo, esa era la forma de conseguir la preciada y maldita carne, de modo que traté de creerme de nuevo, y hacer mía esta forma de vivir, y así luchar a capa y espada, del mismo modo en que lo hacían los demás. 

Lo intenté lo mejor que pude, de veras lo hice, pero lo que pude, nunca fue suficiente. 
Ella no me consideró un buen macho, y se desilusionó conmigo. Se echó encima la tarea de meterme en mi terca cabeza el modo en que funcionaban allí las cosas,  se enfureció de sobre manera, y tocó allí donde más me dolía. Se había transformado nuevamente en uno de aquellos malditos guardias de prisión... 
Ya no soportaba la más mínima visión de la magia, ya no quiso salir de allí con semejante macho impotente. 
Ella taladró mi corazón con su sierra de diamante, saltó a él propulsada por la excitación de mi sexo, usándolo a modo de trampolín, y vació allí dentro toneladas y toneladas de mierda, para que éste, bombease a cada poro de mi piel todo cuanto ella quería de mí. 
Al fin caí en la trampa, y pensé que el origen de todos mis males fueron mis sueños que me impedían vivir como los demás... Tal y como siempre me dijeron domador, compañeros y familiares. 
Me maldije, modifiqué mi conducta, me volví dócil y me hacía el estúpido. Odiaba caminar por las calles actuando de esa forma, algo en mi interior repudiaba mi nueva forma de andar, de pensar, de actuar... 

Cuando ves lo que hay más allá de los muros, cuando sabes la verdad, ya no puedes ser el mismo, no puedes actuar como los demás, y dar tu vida por algo que sabes que no es cierto. Lo único que me quedaba por hacer aquí, era actuar. Y así hice... 

Pero el tiempo sopló, levantó el polvo de todo aquello, y la verdad quedó al descubierto. Ella mentía. 
Nadie es feliz bajo la condición de esclavo, nada merece la pena y nada vale nada si la realidad es una objetiva, ajena a uno mismo, a lo que hay que llegar. Nada tiene sentido ni llega a ningún lugar siendo así vivido, como si el camino estuviese fuera y no dentro, y lo único que queda para mantener algo de entusiasmo, es mentir e inventar reyes magos... 

Al ver su sufrimiento y su mentira, quise ayudarle. De modo que me mantuve más tiempo en aquella celda. Ella o agradeció, pero para que nuestro mundo fuese posible, tuvimos que seguir sacrificándome. 



Pero sucedió que llegamos al límite. Un día, después de tanto andar de espaldas a la verdad, topé con ella. Me dio un coscorrón en la coronilla, me di la vuelta, y lo vi. Era yo, reflejado en el espejo. Me senté, y me quedé mirándome anonadado...
Yo movía la mano derecha, el movía la izquierda y viceversa; yo preguntaba, y él respondía. Y le vi a ella, y me vi a mí. Y vi cómo yo no era más que un pedazo de carne más, como tantos otros, siendo devorado para saciar su tristeza y soledad... 

Había caído en la trampa, la pena, las lástima y la lujuria, me introdujeron en un pozo sin salida, donde la frustración de las inválidas esperanzas y sueños ahogados, dieron a luz un héroe, capaz de adormecer la realidad hasta el punto de morir sin darnos cuenta...

Y me fui, la dejé atrás, desperté, sentí mi cuerpo como nunca antes lo había sentido, recuperé de nuevo mi poder, y y volví a la antigua celda de siempre, dispuesto a liberar a mis familiares. 

El tiempo no había pasado allí, todo seguía igual. Exactamente igual que cuando lo dejé. Y tras comer un poco de carne para recibirme, se fueron a por más comida.  Esperaron al siguiente día, y de nuevo, exigieron de mí contribuir y volver a hacer payasadas para hacer algo de provecho. 
De nuevo, tuve que aceptar los acuerdos por los que funcionaba aquella puta prisión, y hacer como que me los creía. Y no diría que acabé por creérmelo del todo, pero si un poco... Cuando el niño no traga, basta con empujar y empujar, y taparle la nariz al niño, para que la bola de comida de mierda, acabe por ser digerida. De modo que no quedó más remedio que aceptar aquello. 

El tiempo se hizo pesado de nuevo, y caí poco a poco con la necesaria sutileza como para no darme cuenta, en el mismo pozo de mierda... Pero ahora en mí existía una llamarada de genialidad, de libertad... Aún existían en el fondo de mis ojos todas las estrellas con las que un día hablé, y aquel encanto, que como una brújula se mantuvo dentro, en un lugar muy muy escondido de mí mismo, manteniendo el norte bien claro, esperando el día en que por fin volviese a partir.

Y así sucedió. Un día, sin despedirme, sin provisiones ni nada, marché sin hacer ruido, tal como vine, liviano como una pluma... Entregado a la incertidumbre... Salté de tierra firme, y me embarqué en los océanos de la magia, dispuesto a llegar allí a donde ésta me llevase.

El mundo es lugar desconocido, lleno de misterios y de vida. Y la vida es una compañera que algún día se irá, tal y como se han ido todos los demás... 
Nadie sabe lo que vendrá luego, y mejor no saberlo, pues entonces perdería ese misterio y esa magia que la hace ser lo que es. Mucha gente hablará de ella, te dirá que es así o asá; harán un mundo entero, forjado de opiniones y razonamientos lógicos comúnmente aceptados, pero eso es tan sólo su opinión, y cualquier idea que se tenga, nada tiene que ver con quien realmente es; del mismo modo que ninguna idea puede jamás servir para definirte. Nadie tiene el valor de hablar cara a cara con ella, porque nadie tiene el valor de conocer la infinitud de lo que en verdad eres.
Esta es la única realidad que existe.

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